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hechos......Textos.....Artículos.....INDEXHechos de los apóstoles de América Sección 16s
por JOSE MARIA IRABURU
FUNDACIÓN GRATIS DATE 1992 (1ª ed.)
3ª PARTE Perú
Sección 16s
Índice (El Índice remite a las páginas de la obra impresa)
3. San Francisco Solano, el santo que canta y danza
Montilla, andaluza y cordobesa, 308. -Los franciscanos del Santo Evangelio, 309. -Francisco se hace franciscano, 309. -Maestro de novicios y guardián, 310. -Camino de las Indias, 311. -Camino del Tucumán, 312. -El Tucumán, región incipiente, 313. -Doctrino en lengua indígena, 314. -Alegría franciscana, 314. -Milagros franciscanos, 315. -Pudor franciscano, 316. -Custodio, un tanto especial, del Tucumán, 316. -La etapa última, conventual, 318. -Concierto para violín y pájaros, 318. -Aviso de terremoto, 319. -Coro, plaza y teatro, 319. -Una muerte santa, 320.
4. San Martín de Porres, humilde mulato peruano
Martín niño, 321. -Martín muchacho, 322. -Martín dominico, 322. -Un fraile humilde, 323. -Orante y penitente, 324. -Vencedor del Demonio, 325. -Hermano dominico, pobre y obediente, 325. -Hermano enfermero, 326. -Apostolados de fray Martín, 327. -El hermano dominico San Juan Macías (1585-1645), 328. -Fray Martín y los pobres, 329. -Bilocación y sutileza, 330. -Fray Martín y los animales, 331. -La muerte de un santo, 331. -El milagro de su perfecta santidad, 332. -Santa Rosa de Lima, terciaria dominica (1586-1617), 333. -Santa Mariana de Jesús (1618-1645), 334. -Lima, Ciudad de Santos, 335.
3ª PARTE
Perú
3. San Francisco Solano, el santo que canta y danza
Montilla, andaluza y cordobesa
Mateo Sánchez Solano, hombre modesto de la señorial Montilla cordobesa, trabajador y espabilado, conforme a sus deseos, llegó a ser rico, se casó con Ana Jiménez Gómez en 1549, y en marzo de ese año tuvo un hijo, Francisco Solano, el cual, ya crecido, supo que tenía dos hermanos mayores, Diego Jiménez e Inés Gómez. Para él quedó el nombre de Solanito, el pequeño de los Solano. Biografías suyas importantes son las del franciscano Bernardino Izaguirre (1908) y la de fray Luis Julián Plandolit (1963). Seguiremos aquí su historia conducidos por el franciscano José García Oro.
La hermosa Montilla, perteneciente a la poderosa familia de los Fernández de Córdoba, marqueses de Priego, tuvo como señora desde 1517 a Doña Catalina Fernández de Córdoba, casada en 1519 con el conde de Feria. Con su favor llegaron a la villa los agustinos, 1520, las clarisas, 1525, los franciscanos, 1530, los jesuítas, 1553, y también San Juan de Ávila, que después de muchos viajes y trabajos, allí se recogió en 1555. En ese marco de vida religiosa creció Solanito en sus primeros años infantiles y escolares.
A Córdoba se fue a sus quince o dieciséis años, y allí, en un ambiente disciplinado y piadoso, «entró a aprender a escribir en las escuelas de la Compañía, en la sección de gramática y escritura». Fue un alumno bueno, «compañero amoroso» y buen cantor. En 1569, el año en que murió San Juan de Ávila, volvió a casa Solanito, con 20 años, a su Montilla abierta a las sierras que bajan del norte, de la Sierra Morena.
¿Hacia dónde iría su vida en adelante?
Los franciscanos del Santo Evangelio
En aquellas sierras cordobesas había una serie de pequeños eremitorios franciscanos, llenos de entusiasmo espiritual, focos de vida ascética y de impulso misionero. A sí mismos se llamaban los frailes del Santo Evangelio, y merece la pena que evoquemos brevemente su gloriosa historia, pues habían de tener suma importancia en la evangelización de América. Ya en 1394, el eremitorio de San Francisco del Monte había encendido en los parajes de Sierra Morena el fuego de la ascesis solitaria y de la irradiación apostólica hacia el cercano reino moro de Granada.
De aquel impulso misionero vino el martirio de fray Juan de Cetina, uno de sus primeros moradores. Y también en el eremitorio franciscano de Arrizafa, de comienzos del siglo XV, instalado en una finca cordobesa próxima al antiguo palacio de Abderrahmán I, ardió el fuego de la contemplación y del apostolado, con figuras tan excelsas como San Diego de Alcalá (+1464). Estos son los principales precedentes de la reforma que vendría después.
En efecto, fray Juan de Guadalupe fundó en 1494 una reforma de la Orden franciscana que fue conocida como la de los descalzos. Combatida en un principio por todas partes, logró afirmarse en 1515 con el nombre de Custodia de Extremadura, más tarde llamada provincia descalza de San Gabriel. En ese año, precisamente, tomó en ella el hábito San Pedro de Alcántara (1494-1562).
Finalmente, aquellos franciscanos, que desde hacía decenios iban afirmando su estilo de vida en tierras extremeñas, leonesas y portuguesas, fueron confirmados por el padre Francisco de Quiñones, general de los franciscanos desde 1523, y Cardenal de Santa Cruz más tarde. Este fue el que, según vimos (119-120), con aquellas preciosas Instrucciones de 1523, envió a México desde la provincia franciscana de San Gabriel a los Doce Apóstoles, con fray Martín de Valencia a la cabeza.
Francisco se hace franciscano
Pues bien, de esta gran tradición franciscana de conventos serranos cordobeses vino a nacer en 1530 el de Montilla, fundado bajo la advocación de San Laurencio. Cuando en 1569 el Solanito, con veinte años de edad, llamó a sus puertas, allí vivía, entre la huerta y el coro, entre las salidas por limosna y para predicar, y siempre con buen humor y buenos cantos, una comunidad de treinta frailes.
Con ellos inició una misma aventura espiritual, y fue aprendiendo durante tres años oración, latín y ascética, liturgia y observancia, penitencia y vida en común, obediencia y alegría espiritual. La cama de Francisco era «una corcha en el suelo y un zoquete para cabecera», o un trenzado de palos sujetos con una cuerda, y sus pies no llevaban alpargatas o sandalias, sino que iban descalzos. En el año 1570 hizo su profesión en la Regla pobre de los franciscanos, mientras su padre, algo más próspero, preparaba su segundo período como alcalde de Montilla. No a todos es dado triunfar en esta vida.
Su destino siguiente le lleva cerca de Sevilla, la puerta hispana de las Indias, al convento de Nuestra Señora de Loreto, entre huertas y viñedos, pues allí había un estudio provincial franciscano desde 1550. Cinco años pasó allí, en estudio y oración, sin mayores formalidades académicas, viviendo con su compañero fray Alonso de San Buenaventura, el cual nos describe la cabaña que Francisco se arregló: «En un zabullón o rincón de las campanas, hizo para su morada una celdilla muy pobre y estrecha, donde apenas podía caber; tenía en ella una cobija y una silla vieja de costilla..., e hizo en ella un agujero que servía de ventana, y le daba luz para ver, y rezar y poder estudiar, en la cual vivió con notable recogimiento y silencio, hablando muy pocas veces».
En aquel inhóspito rincón había algo que a Francisco le gustaba sobremanera: la vecindad del coro. Y de Sevilla, en general, también le gustaba el ambiente misionero hacia las Indias. De allí salió, en 1572, en una expedición al Río de la Plata -en la que en un principio iba a ir él también-, su compañero fray Luis de Bolaños, el que fue gran misionero, iniciador de las reducciones en el Paraguay.
Maestro de novicios y guardián
A los veintisiete años, en 1576, aquel fraile «no hermoso de rostro, enjuto y moreno», como le describe un testigo, canta en Loreto su primera misa, y comienza diversos ministerios como predicador y confesor, catequista y maestro de novicios. En 1580 ha de regresar al convento de San Laurencio de Montilla, pues su madre, viuda desde el año anterior, que estaba ciega, necesitaba de su proximidad. Allí sigue predicando, pidiendo limosna y haciendo de enfermero en una peste. Poco después, ha de ir como vicario y maestro de novicios al famoso convento de Arrizafa, marcado por la memoria de San Diego de Alcalá.
Allí pudo enseñar a los novicios, entonces dados a franciscanas penitencias, que la mortificación más grata a Dios era «tener paciencia en los trabajos y adversidades, y mayormente cuando eran de parientes, amigos o religiosos, porque ésta venía permitida de la mano de Dios». Y allí ejercitó también su amor a los enfermos. Si a los enfermos les enseñaba que «la oración engorda el alma», también les hacía ver que «estar con los enfermos y servirlos era precepto de la Regla; y que más quería estar por la obediencia con los enfermos que por su voluntad en la oración».
El paso siguiente nos lo muestra de guardián en Montoro, villa cordobesa, agarrada en 1583 por la peste y el pánico colectivo de la muerte. En aquella ocasión, Francisco y fray Buenaventura Núñez se entregan con una caridad heroica, cuidando enfermos, consolando y enterrando. Buenaventura muere apestado a las pocas semanas, y Francisco contrae las landres. Por eso cuando uno le saluda: «¿Dónde va bueno, padre Francisco?», él responde con santo humor negro: «A cenar con Cristo, que ya estoy herido de landres». Pero Dios le sana y continúa dándole vida.
En ese año, 1583, se crea la provincia franciscana de Granada, cuyo corazón va a estar en el venerable oratorio de San Francisco del Monte. Y allí va Solano, como primer maestro de novicios de la nueva provincia. En aquel nido de águilas famoso, santificado por el recuerdo de los mártires Juan de Cetina y Pedro de Dueñas, y de tantos otros santos frailes, fray Francisco, orante y penitente, predicador y amigo de los niños, cantor y poeta, educa en el amor de Cristo a sus novicios, y trata con los vecinos amigablemente.
En 1586 le nombran guardián de este noviciado, y algunos pintores, amigos suyos, decoran gratuitamente los claustros del convento. No es el padre Francisco un guardián imponente y formalista. Él es un hombre sencillo y alegre, y la santidad no cambia su modo de ser, sino que lo purifica, libera y perfecciona. Es sencillo: «Hacía todos los oficios de casa, tal como lo hacen los demás frailes, sin tener consideración a que era guardián o prelado». Y es alegre, siempre alegre: «Siendo guardián, danzaba en el coro y a la canturía mayor y menor, lo que no hacen los guardianes». Obviamente.
En todo caso, aún han de ser requeridos sus peculiares servicios en la vega de Granada, en San Luis de Zubia. Pero ya se va acercando el momento de su partida. Tiene fray Francisco cuarenta años, y el Señor lo ha fortalecido e iluminado suficientemente como para enviarlo a evangelizar en las Indias. Ahora comienza lo mejor de su vida.
Camino de las Indias
Por esos años era continuo el flujo de noticias que llegaban de las Indias, unas ciertas y concretas, otras más vagas y confusas, todas estimulantes para un corazón apostólico. Los franciscanos de España conocían bien la obra misionera formidable que sus hermanos, con otros religiosos, iban llevando a cabo en México. También del Perú recibían informaciones alentadoras, pues allí estaban presentes los de San Francisco desde un principio: Quito, 1534, Lima, 1535, Cuzco, 1535-1538, Trujillo y Cajamarca, hacia 1546.
Mucho menos conocida era, para los franciscanos y para todos, la tierra del Chaco y del Tucumán, aunque ya se iba sabiendo algo. Fray Juan de Ribadeneira, fundador del convento franciscano de Santiago del Estero, al sur de Tucumán, había misionado esa zona con sus religiosos en los años setenta y ochenta, y trajo informaciones de ella cuando en 1580 y 1589 viajó a España para buscar misioneros.
Por otra parte, el primer obispo de Tucumán, fray Francisco de Vitoria, aquel a quien vimos desempeñar un lamentable papel en el inicio del III Concilio de Lima (1982), era hombre de mucho empuje, que había promovido intensamente la evangelización de esa parte central de Sudamérica. Pronto llegaron a ella franciscanos y jesuítas, respondiendo a su llamada.
En aquellos años, un Comisario general de Indias coordinaba el esfuerzo misionero franciscano hacia el Nuevo Mundo, y él designaba un Comisario reclutador para cada expedición. En 1587-1589, cuando fray Baltasar Navarro, desempeñando esta función, reclutaba para las misiones de Tucumán una docena de frailes, no aparece en las primeras listas el nombre de Francisco Solano, ya algo mayor, y no demasiado fuerte. Al parecer, sólo fue incluído a última hora como suplente.
A comienzos de 1589, una flota de 36 barcos se va conjuntando poco a poco en San Lúcar de Barrameda. En ella habrá de embarcarse, con gran magnificencia, el nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, acompañado de una corte de damas, letrados y soldados. Una docena de frailes, entre ellos fray Francisco Solano, descalzos y con sus pequeños sacos de viaje, esperaba también el momento del embarque.
En marzo de 1589 salen de Cádiz, y tras tocar en Canarias, llegan en unos cuatro meses a Santo Domingo, Cartagena y Panamá. Aquí los frailes del Tucumán han de esperar unos meses para poder embarcarse de nuevo para el Perú. Salen por fin a últimos de octubre, en un barco que lleva unas 250 personas. Y a la semana sufren una terrible tormenta que parte en dos el galeón. El buen ánimo de San Francisco hizo entonces mucha falta para infundir la calma y la esperanza en aquellos 80 supervivientes que lograron recogerse en la desierta isla de Gorgona.
Mientras el padre Navarro remaba con algunos compañeros de vuelta a Panamá, distante unas ochenta leguas, en busca de socorros, fray Francisco anima aquella comunidad de náufragos como puede. En dos meses hay tiempo para hacer chozas, practicar la pesca y la recogida de frutos, atender a los enfermos, y organizar también las oraciones y la catequesis. Por fin, llega en Navidad un bergantín de Panamá, y a los siete meses de haber salido de España desembarcan en el Perú, en el puerto de Paita.
Camino del Tucumán
Merece la pena evocar el viaje de Paita a Tucumán, de unos 4.000 kilómetros de camino por llanos y selvas, atravesando los Andes, y cruzando valles y ríos. Cada jornada caminan unos 50 kilómetros, y el mundo indiano, Huaca, Chira, Tangarará, Piura, Motupe, Jayanca, Trujillo... por ojos y oídos, se les va entrando en el corazón. En jornadas tan largas mucho tiempo hay, por otra parte, para la oración meditativa, la alabanza y la súplica.
Y también da tiempo este viaje inacabable para conocer la situación del país, el florecimiento religioso de algunas partes, sobre todo de ciudades como Lima, pero también las graves deficiencias en el número y la calidad de los sacerdotes, el relajamiento de no pocos españoles y criollos, el mal trato que con frecuencia sufren los indios...
Así llegaron a Santa, a unos 650 kilómetros, donde Solano hubo de quedarse a pasar Cuaresma y Pascua. La amable hospedera, Isabel Hurtado, esposa del corregidor que le acogió, recordaba veinte años después que en una conversación surgió una murmuración bastante fea: «Echó mano a la manga el padre Solano. Sin hablar palabra alguna, sacó de ella un Cristo y, fijados en él sus ojos, comenzó a cantar canciones de la Pasión». Salidas de éstas hubo muchas en la vida del santo monje andaluz. No había en tales gestos reproches directos ni correcciones, sino una superación patente de lo bajo por lo alto, de lo terreno por lo celeste, de la naturaleza por la gracia. Más lugar todavía habría para el canto en la alegría de la Pascua: «La mañana de la Resurrección, acompañando la procesión el padre Solano, con un súbito arrebatamiento, comenzó a cantar y sonar palmas y castañetas, y bailaba diciendo: Este día es de grande alegría, / huélgome, hermanos, por vida mía».
Unos 350 kilómetros más, y Lima, la Ciudad de los Reyes, que ya hemos visitado y conocido en nuestra crónica. No poco desmedrado se le veía a San Francisco, y la gente «se compadecía de él, por verle el color pálido, como de hombre muy enfermo». En julio de 1590 llegan al este de Lima, al valle de Jauja, metido en los Andes, donde los franciscanos misionaban en sus doctrinas. Han de pasar por caminos abruptos y escarpados, a unos 4.000 metros de altitud. Y llegan a Ayacucho, donde también pueden hacer escala en convento franciscano. Doce jornadas más, bordeando el sur del Salkantay, de más de 6.000 metros de altura, y el Cuzco, la ciudad sagrada de los incas. Allí predica el padre Solana en el convento franciscano a los novicios y coristas. Y siguen adelante, dejando atrás ahora lo más florido de la vida peruana del virreynato.
En la ruta de Charcas, el santuario mariano de Copacabana, Mamita de la Candelaria de los yupanquis, en agosto de 1590, le trae al padre Solano uno de tantos reflejos de la Virgen María en el mundo hispanoamericano. Y de allí a la Paz, también con casa franciscana. Más allá Potosí, con sus minas, riquezas y sufrimientos de indios, a más de 4.000 metros de altura, donde los frailes hermanos están presentes hace decenios.
Los frailes expedicionarios llegan a tiempo para celebrar en su convento la fiesta de San Francisco. Mucho tienen que contar, y es cosa de festejar por todo lo alto la festividad del santo Patrono. El superior, fray Jerónimo Manuel, pone en ello su mejor voluntad, y abre la celebración fraterna de la fiesta con una copla. Es entonces cuando nuestro Santo se agacha, pasa por debajo de la mesa del refectorio, y hace una de las suyas, como veinte años más tarde sería recordado todavía: «El padre Solano le tomó la copla y comenzó a cantar y a bailar juntamente delante de todos con tanto espíritu y fervor, y con tanta alegría, que traía el rostro tan abrasado en el fuego del amor de Dios, y de manera fue el regocijo que suspendió a los circunstantes y les hizo verter lágrimas». Para el padre Manuel la cosa estaba clara: «Desde aquel punto le tuvo por un gran siervo de Dios y un hombre santo».
Ya sólo quedan 500 kilómetros más al sur: el valle de Humahuaca, Jujuy, Salta, Tucumán y la meta final, Santiago del Estero. Llegan los misioneros, por fin, a su destino, más de año y medio después de su salida de España, en marzo de 1589. Y puede entonces el jefe de la expedición franciscana, fray Baltasar Navarro, informar al rey con sencillo laconismo: «A 15 de noviembre del año 90 llegué a esta Gobernación del Tucumán con ocho religiosos de la orden de mi Padre San Francisco, de los once que Su Majestad me mandó traer a dicha Gobernación; dos murieron en Panamá y uno se ahogó en un naufragio que padecimos en el Mar del Sur». Todo normal.
El Tucumán, región incipiente
La región de Tucumán en 1563 fue constituida Gobernación por Felipe II, bajo la Audiencia de Charcas. Y entre las principales poblaciones allí fundadas estaban Santiago del Estero, de 1553, San Miguel de Tucumán, 1565, Talavera del Esteco, 1567, y Córdoba, 1575. Los religiosos eran parte decisiva en el poblamiento de la zona, pues animaban a los españoles a arraigarse, y ellos mismos fundaban sus conventos.
Cuatro franciscanos, conducidos por el gran misionero fray Juan Pascual de Ribadeneira, llegan en 1566. Y en la segunda expedición, de 1572, se añaden doce franciscanos andaluces, entre ellos el ya mencionado fray Luis de Bolaños y fray Andrés Vázquez, el taumaturgo del Tucumán. Y de estos primeros misioneros procedían los conventos de Santiago del Estero y San Miguel de Tucumán, 1566, de Esteco, 1567, de Córdoba, 1575 y de Salta, 1582. La custodia franciscana de San Jorge del Tucumán, se había constituído en 1565-1575, para fusionarse entonces con la de Paraguay.
Algunos conventos habían sido el origen de la ciudad. Así por ejemplo, Córdoba. En la Información Jurídica del 1600 se dice que «los religiosos hicieron un rancho en el sitio donde ahora está poblada esta ciudad, y con sus santas amonestaciones y asistencia, persuadieron a los vecinos que perseverasen en la fundación de esta ciudad, sin que jamás hayan faltado de ella, sirviendo, como dicho es, muchos años de curas vicarios, sin haber otros sacerdotes clérigos ni religiosos en más de diez años».
Así las cosas, a la llegada del padre Solano, los franciscanos de esta zona, unos quince, como también los jesuítas, eran en aquella región bien conocidos y estimados. Todavía no hay en la región tucumana más que unos pocos cientos de españoles y criollos, que vivían entre muchos miles de indios, apenas iniciados en la evangelización. Y por lo demás, la mezcla de indios era tan grande que apenas se distinguían los primitivos toconotés y sanaviros.
La mescolanza de lenguas hacía de aquella región una pequeña Babel. En 1584, fray Francisco de Vitoria, el dominico portugués obispo de Tucumán, escribía: «En todo este distrito hay más de veinte lenguajes, más distintos que el griego y el latino; que sólo había de mover a que los deprendiesen los clérigos, o grande fervor y celo de la ley de Dios y caridad del prójimo, o mucho premio temporal. Y el premio falta en esta tierra... Y las imperfecciones con que viven acá los hombres no les da lugar a tomar empresas de tanto quilate y santidad, como es, sólo por Dios, tratar de cosas tan dificultosas». El jesuíta Alonso de Barzana fue un gran conocedor de las lenguas indígenas, y de aquellos indios decía: «Lo cierto de esta gente es que no conocieron Dios verdadero ni falso, y ansí son fáciles de reducir a la fe, y no se tema su idolatría, sino su poco entendimiento para penetrar las cosas y misterios de nuestra fe, o el poder ser engañados de algunos hechiceros».
Doctrino en lengua indígena
En 1590, en el convento de Talavera de Esteco, se encarga el padre Solano de una doctrina de indios, en la que se abarcaban varias poblaciones indígenas, como Cocosori y Socotonio. Su primer prodigio como misionero fue la rapidez con que se introdujo en aquel laberíntico mundo de idiomas diversos. Ayudado por el capitán Andrés García de Valdés, en quince días hablaba el toconoté. Son muchos los testigos que certifican la inexplicable facilidad idiomática de fray Francisco, que realmente se hacía entender por indios de muy diversas lenguas, como los lules.
Nuestro Santo atendía el culto y la doctrina de los lugares que de él dependían, pero también no cesaba de ir de aquí para allá, por los senderos apenas señalados de los bosques y los montes, acercándose a los escondrijos de aquellos indios que se mantenían distantes, ejercitando con ellos sus mañas de políglota y curandero, impartiendo los rudimentos más simples del Evangelio y la doctrina, llevando a todos los indios una declaración de amor de parte de Cristo. Y ellos, que para otros eran tan huidizos y recelosos, le acogían con mucha confianza.
Alegría franciscana
Era quizá aquella alegría de fray Francisco, tan cándida y sincera, procedente del Espíritu Santo y de Andalucía, lo que ganaba el corazón de los indios. Y es que el padre Solano, en aquel marco de vida tan inhóspito y confuso, «no sólo lo llevaba todo con paciencia, sino con demostraciones de grandes júbilos en el paraje y despoblados donde se hallaban. Lo solemnizaba danzando y cantando cánticos en loor y alabanza de Cristo nuestro Señor y de la Santísima Virgen María». Así dice fray Diego de Córdoba y Salinas, resumiendo los testimonios del proceso de beatificación.
Danzando y cantando, a su estilo. Pero no se crea que esta alegría jubilosa es sólamente una rareza simpática, peculiar de San Francisco Solano. El entusiasmo, enthusiasmós (éxtasis, arrobamiento), ya en los griegos, derivado de enthusiázo (estoy inspirado por la divinidad, theós), tiene un sentido primario fundamentalmente religioso. Y en el cristianismo es el gozo en el Espíritu Santo (Gál 5,22), ese júbilo interior tan propio de los hijos de Dios, tan profundo en los más grandes santos. Es un entusiasmo procedente del Corazón de Cristo, que en ocasiones «se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Por lo demás, esa alegría solanesca, además de genuinamente cristiana, era de la mejor tradición franciscana. Las Florecillas nos dicen que San Francisco de Asís también cantaba muchas veces con júbilo al Señor, especialmente cuando estaba de camino o en el bosque, y a veces en francés, cuando estaba más alegre.
La alegría espiritual de Solano se hacía particularmente exultante con ocasión de las grandes fiestas litúrgicas, como en las procesiones del Santísimo Sacramento o en honor de la Virgen. Por ejemplo, estando en Salta, «en cierta fiesta que se hizo a Nuestra Señora, yendo en la procesión, se encendió tanto en el divino amor de Dios y de su Santísima Madre, que, dejando aparte toda la autoridad de prelado y custodio que era, se puso a cantar diciendo coplas en alabanza de Nuestra Señora, en la forma que David, santo rey, lo hacía delante del Arca del Testamente», o sea bailando, para decirlo más claramente.
Algunos no vieron con agrado tales muestras, y un joven llegó a reirse de él abiertamente. San Francisco Solano no pareció molestarse con ello en absoluto, sino que le dijo con tanta humildad como gracia: «Al fin, yo soy loco».
Milagros franciscanos
También en sus numerosos milagros se muestra Solano hijo del Santo de Asís, pues muchos de ellos se realizaron con las criaturas irracionales. Esto para los indios resultaba muy especialmente impresionante, pues veían que la santidad cristiana, expresada en aquel fraile, traía consigo una profunda reconciliación del hombre con las fuerzas de la naturaleza.
El capitán Cristóbal Barba de Alvarado da testimonio de que, viajando en funciones de teniente del Gobernador, con el padre Solano y una importante comitiva de españoles e indios, vinieron a encontrarse en peligro grave por la sed. El fraile le dijo: «Señor capitán, caven aquí. Al punto lo puso por obra el capitán. Cavó en la parte y lugar que el padre Francisco le había señalado. Y salió un golpe de agua con la cual bebieron todos los que se hallaron presentes, y las cabalgaduras y animales que traían». Y no fue la única vez que hizo esto.
El padre Solano también mostró siempre una especial amistad con los pajarillos de Dios. El cronista fray Juan de Vergara, compañero suyo, cuenta de él que «todos los días, en aquella doctrina [de Esteco] donde estaba, después de comer, se iba a un montecillo que allí cerca estaba, desmigajando un pedazo de pan, que era el ordinario sustento que les llevaba. Llegábanse tantas aves sobre el siervo de Dios, que era cosa maravillosa. Y estaban sobre su cabeza, hombros y manos hasta tanto que les echaba su bendición. Y entonces se iban».
Otro compañero del Santo, fray Alonso Díaz, refiere que, yendo con él de camino, hallaron una paloma herida por algún zorro: «El padre Solano, habiéndola visto así maltratada y herida, con sus propias manos la curó, juntándole los pellejos que tenía desgarrados, los untó con un poco de sebo, y le echó la bendición». Más tarde, ya llegados a su destino, fray Alonso «vio muchas veces que la paloma se le asentaba en el hombro al padre Solano; y le daba de comer en la mano, y se volvía a su palomar. Y conoció que era la propia paloma que el padre Solano había curado en el camino».
En otra ocasión, y ésta fue muy famosa, yendo Solano de camino con el capitán Andrés García Valdés, aquél a pie y éste a caballo, les salió un toro bravo, desmandado -el ganado cimarrón abundaba entonces en la zona-. El capitán picó espuelas y salió al galope de su montura, pero cuando se acordó de su fraile compañero y regresó hacia él, vio con asombro que el toro estaba «lamiendo las manos del siervo de Dios, que se las tenía puestas en la testuz y hocico...; habiendo estado así un poco vio que el padre le había dado a besar la manga de su hábito, y que, echándole la bendición, el toro, como si fuera de razón, con mucha mansedumbre, se volvió al monte de donde había salido. Y esto fue público en aquella provincia [de Tucumán], y pública voz y fama».
Son escenas de las Florecillas franciscanas. Recordemos cómo San Francisco de Asís tenía una especial amistad con las alondras, o con aquellas tórtolas que redimió cuando eran llevadas en jaulas al mercado. Recordemos también el convenio de paz que, con mucha dulzura, estableció con el lobo de Gubbio, que tanto daño estaba causando. Esta reconciliación del hombre con la naturaleza, anunciada por los profetas como característica de los tiempos mesiánicos (Is 11,6-9), se produce en Cristo y en sus santos, y a veces Dios quiere que se haga manifiesta en algunos de ellos. Así lo vemos, por ejemplo, en las crónicas de los Padres del Desierto, o en aquella arboleda donde iba a orar fray Martín de Valencia, acompañado por una orquesta innumerable de pajarillos, en San Martín de Porres o en el Beato Pedro Betancur, que negocian con los ratones, para que no sigan haciendo daños en sus conventos. Y es que las criaturas se hacen hostiles al hombre cuando éste se rebela contra Dios, y se vuelven amigas si el hombre se reconcilia con Dios plenamente. Y esto, que es así, quiere Dios expresarlo a veces de forma bien patente en la vida de los santos.
Pudor franciscano
La relación de San Francisco Solano con las mujeres indias, también ellas criaturas de Dios, no tenía, en cambio, expresiones tan conmovedoras de familiaridad. Y es que los graves escándalos causados con las indias por algunos encomenderos, y aún a veces por ciertos padres doctrineros, hacían recomendable unas medidas prudenciales especialmente enérgicas y elocuentes. Por eso, como cuenta fray Diego de Córdoba y Salinas, el padre Solano, «cuando era doctrinante en la provincia de Tucumán, considerando las ocasiones de la tierra y su libertad, ordenó que, desde trecho de a cien pasos de su celdilla pobre donde se recogía, no pudiese pasar alguna india, ni llegase a hablarle, si no fuese en la iglesia, para confesarse o cosa necesaria; y si alguna pasaba la señalación, la hacía castigar con los fiscales de la doctrina, y con esta tregua se aseguraba de las astucias del enemigo».
También en esto Solano sigue el ejemplo de San Francisco de Asís, que no conocía de cara, según confesión propia, sino a dos mujeres, a su madre, o quizá a Jacoba de Settesoli, y a santa Clara, y nunca hablaba a solas con mujeres. Por lo demás, ya es sabido que las imitaciones serviles no tienen lugar en el camino de la perfección cristiana. Pero en lo recordado se afirma claramente la relación profunda que existe entre ascesis estricta, unión plena con Dios, alegría espiritual y reconciliación perfecta del hombre consigo mismo, con sus hermanos y con todas las demás criaturas.
Custodio, un tanto especial, del Tucumán
En 1592 fray Francisco Solano fue constituído superior -custodio- de los franciscanos de la zona de Tucumán. El Comisario general del Perú, fray Antonio de Ortiz, pensó en él como el misionero más indicado para levantar el espíritu de los frailes instalados en conventos urbanos y de los misioneros encargados de doctrinas de indios, unos y otros no siempre ejemplares en su vida y ministerio. ¿Podría con el cargo un fraile tan especial como nuestro Santo?...
El padre Solano se dedicó, en los años 1592-1595, a visitar los centros franciscanos de su jurisdicción. Desde luego no era un custodio que desempeñara su oficio al modo ordinario. Al clérigo portugués Manuel Núñez Magro de Almeyda, que en él buscaba ayuda espiritual, una vez le confió con toda humildad: «Aunque yo soy custodio, no siento en mí las partes que se requieren para serlo. Y así, no uso de ello; ocúpome por estos montes en la conversión de estos indios».
En realidad, el Santo hacía lo que podía, es decir, era custodio franciscano a su modo, y sin duda hacía a su manera mucho bien. No siempre concede Dios a sus hijos obrar de modo ejemplar, pero siempre les da su gracia para que puedan obrar santamente.
Comenzó fray Francisco sus visitas en Talavera de Esteco, donde fue su comienzo misionero, y pasó por Salta, San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca y Córdoba. Quizá se alargase a Buenos Aires y al Paraguay, que pertenecían también a la misma custodia; pero no hay sobre esto datos ciertos. Lo que sí es seguro es que en todos los lugares que visitó dejó la huella indeleble de su presencia fascinante.
Donde quiera que él estuvo, allí predicó, conmovió los corazones y habló de Dios con la gente. Aquí cantó y danzó en una procesión de la Virgen, allí hizo curaciones milagrosas, especialmente de niños, en otra parte descubrió fuentes, y siempre dejó a su paso amigos espirituales que nunca le olvidaron. Almeyda, el cura ya citado, que en él buscaba consejo y aliento, lo recuerda con emoción: «Todas las noches se sentaba el padre fray Francisco con el cura en una pampa, y le tenía tres horas, diciéndole cosas que le convenían... Tal era la eficacia de estas palabras, que luego que el santo se iba, para no apesadumbrarlo, se echaba en tierra y, besando la tierra donde había tenido los pies, veneraba al Señor y al mensajero que de su parte se las decía».
Y todo lo hacía siempre Solano con gran llaneza, con humor festivo, como en aquella noche en que, esgrimiendo «una gaita hecha de caña», le dijo a Almeyda con un guiño: «¿Queréis oír la mejor música que habéis oído en vuestra vida? Y le comenzó a tañer con ojos fijos en el cielo, haciendo con el cuerpo unos meneos que parecía que hablaba. Y jubilando, cantaba con una simplicidad que no acierta a declarar». Era su estilo humilde y llano. Cuenta Pedro de Vildosola Gamboa, que acompañó al Santo en muchas jornadas, que una vez «con una red que tenía y traía de ordinario consigo, y con un anzuelo, fue el padre fray Francisco al río. En otras tantas veces recogió pescado en tal cantidad que, habiendo más de doce españoles y más de otros tantos indios, fue bastante como para poder decirles que les había de dar de cenar. Y no había de llegar otro al fuego sino él. Remangándose los hábitos de los brazos, les hizo cenar. Y habiéndoles dado a todos muy aventajadamente, se retiró. Y debajo de una carreta sacó una mazorca de maíz, y esto solo fue su alimento».
Como es lógico, San Francisco Solano suscitaba muchas conversiones entre los españoles, marcaba en ellos huellas espirituales indelebles, y suscitaba en sus conversos no pocas vocaciones religiosas, como la del soldado Juan Fernández -fray Juan de Techada, que luego dejaría relatos sobre el Santo-, el capitán Pedro Núñez Roldán o el licenciado Silva, franciscanos más tarde en Lima. Los indios, por su parte, sentían por el padre Francisco, que les trataba en su lengua y con tanta bondad y alegría, verdadera fascinación.
Recordaremos aquí aquel Jueves Santo de 1593, en La Rioja, según testimonios de Almeyda y del capitán Pedro Sotelo. Se habían juntado cuarenta y cinco caciques paganos con su gente, y el pequeño grupo hispano estaba ya temiendo lo peor. Fray Francisco hace uno de aquellos sermones suyos, que eran capaces de conmover a las piedras. En la procesión penitencial, los españoles se disciplinan, ante la consternación de los indios, que están asombrados. Solano les explica, quién sabe cómo, que están queriendo participar de la pasión de Jesús. Finalmente, los indios comienzan también a azotarse. «Y el dicho padre fray Francisco Solano andaba con tanta alegría y devoción, como sargento del cielo entre los indios, quitándoles los azotes y diciéndoles mil cosas, toda la noche sin descansar, predicándoles y enseñándoles». Nueve mil de aquellos indios habría de recibir más tarde el bautismo.
¿Desempeñó bien el padre Solano su ministerio de custodio del Tucumán? No lo hizo, sin duda, de un modo ejemplar, es decir, que pueda ser norma para otros custodios. Pero cumplió, ciertamente, su ministerio santamente, y santificando a muchos, eso sí, a su aire, que era el soplo del Espíritu Santo en él. Se cuenta que en Paraguay pudo visitar al gran apóstol de la región, fray Luis Bolaños, su antiguo compañero, y que éste le dijo en la despedida: «Adiós, mi padre. Su Reverencia luego no más será santo, y yo me quedaré Bolaños».
La etapa última, conventual
En 1595, fray Antonio de Ortiz, después de tratar el tema con los frailes del virreinato y recabada la autorización precisa, estimó llegado el tiempo de introducir en toda la provincia peruana la recolección, como estilo franciscano de vida comunitaria. Era, pues, por muchas razones urgente que «en este distrito y comarca de esta Ciudad de los Reyes se fundase un convento de nuestra orden de recolección, para gloria de Dios y consuelo espiritual de los religiosos que de esta provincia se quisiesen ir a morar allí, viviendo en más estrecha observancia y recogimiento, como en otras casas semejantes en nuestra Orden se vive, con mucho provecho de las almas de dichos religiosos y con grande edificación de los fieles».
Allí fue llamado fray Francisco, y allí una vez más dejó la huella viva de su espíritu. Estando un día para celebrar misa en una ermita de la casa, ayudado por el virrey Luis de Velasco, fray Mateo Pérez, testigo de la escena, fue por lumbre para encender las velas, «y el bendito siervo de Dios, en el entretanto, se puso a cantar chanzonetas en alabanzas de Nuestro Señor y de su santa madre». El virrey quedó admirado, le fue cobrando mucha afición, y «siempre le veneró y tuvo en estimación de varón santo».
En aquella recolección tuvo varios amigos espirituales laicos, como Diego de Astorga, el encomendero tucumano Juan Fernández o aquel licenciado Gabriel Solano de Figueroa, al quien el desmedrado padre Solana le decía confidencialmente: «tengo una señora con quien comunico y tengo mis entretenimientos». Y en seguida le hacía testigo de una de sus cortesías ante la Virgen María.
Un año estuvo, entre 1601 y 1602, como secretario del nuevo provincial del Perú, Francisco de Otálora, ocupado en negocios y papeles, pero aquello no era lo suyo, y en seguida fue enviado a Trujillo, convento fundado en 1530, y en donde ya los frailes estaban hechos a la idea de que domesticar a fray Francisco no sólo era imposible, sino inconveniente. Tenía entonces Solano 53 años, y parece que por entonces se aceptaba a sí mismo con una mayor libertad de corazón.
Concierto para violín y pájaros
Fue en Trujillo cuando añadió a sus formidables aptitudes expresivas un elemental rabel, que llevaba consigo bajo el manto. Con él hacía grandes cortesías musicales ante el Santísimo, y ante cada uno de los altares de la iglesia. Estos conciertos devotos se prolongaban especialmente por las noches, cuando ya todos se habían retirado, en el coro -ya conocemos, desde que en el convento sevillano de Loreto se arregló aquel rincón, su querencia hacia el coro de la iglesia-. Los testimonios son numerosos, y siempre admirativos, pues aquellas efusiones musicales, llenas de ternura y entusiasmo, mostraban bien a las claras que estaba enamorado del Señor.
En algunas fiestas litúrgicas, como en la Navidad, la alegría del padre Solano llegaba a ser un verdadero espectáculo. Así como San Francisco de Asís, o como el Beato Pedro Betancur, que en la Navidad «perdía el juicio», así nuestro Solano en ese día fácilmente venía al éxtasis musical, como en aquella Navidad de 1602, cuando el provincial Otálora visitaba el convento trujillano:
«Estando los religiosos regocijándose con el Nacimiento, cantando y haciendo otras cosas de regocijo, entró el padre Solano con su arquito y una cuerda en él, y un palito en la mano, con que tañía a modo de instrumento. Entró cantando al Nacimiento con tal espíritu y fervor, cantando coplas a lo divino al Niño, y danzaba y bailaba, que a todos puso admiración y enterneció de verle con tan fervoroso espíritu y devoción, que todos se enternecieron y edificaron grandísimamente».
En la huerta del convento, acompañado de bandadas de pájaros que se iban cuando él se retiraba, hallaba también San Francisco Solano un marco perfecto para su amor. «Le decía [a Avendaño] que salía a aquella huerta para ver a Dios y aquellos árboles, hierbas y pájaros, de donde habría materia para alabar a Dios y amarle». Muchos fueron los testigos asombrados de aquellas sinfonías espirituales de la huerta, que se producían ordinariamente -y que no sé si Olivier Messiaen incluyó en alguno de los siete tomos de su Catalogue d'Oiseaux-.
El licenciado Francisco de Calancha pudo verlo una vez y quedó pasmado. «Esto, que no había visto vez alguna, y haber visto callar a los pájaros después que el padre volvió las espaldas, quedó sumamente asombrado y fuera de sí de ver tal maravilla. Díjole al religioso que estaba allí que le parecía sueño, y que apenas si creía lo que había visto. El religioso le respondió que cada día favorecía Dios a todos los religiosos de aquella casa con que viesen éstos y otros favores que Dios le hacía».
Aviso de terremoto
A fines de 1605, fray Francisco es un fraile más de los 150 que forman la comunidad de la observancia en San Francisco de Lima. También allí hizo de las suyas. Fray Diego de Ocaña, el monje jerónimo, estando en Lima, fue testigo de un hecho muy notable: «Sucedió en esta ciudad, después de Pascua de Navidad el año 1605, que estando con algún temor de haber sabido cómo la mar había salido de sus límites y había anegado todo el pueblo y puerto de Arica, y puesto por tierra el temblor a la ciudad de Arequipa, predicó en la plaza un fraile descalzo de san Francisco y en el discurso del sermón dijo que temiesen semejante daño como aquél y que según eran muchos los pecados de esta ciudad que les podría venir semejante castigo aquella noche, antes de llegar el día».
El franciscano predicador, en la plaza pública, era San Francisco Solano. Y se ve que la muchedumbre no tomaba en broma a aquel fraile insólito, porque el alboroto penitencial que se produjo fue algo enorme. Confesiones, disciplinas, restituciones, bodas de amancebados, las iglesias abiertas por la noche, con el Santísimo expuesto, «y todos los frailes en las iglesias y clérigos arrimados por las paredes confesando a la gente». Dice fray Diego: «después que soy hombre no he visto ni espero ver semejantes cosas como aquella noche pasaron».
A las diez de la noche «llamaron al fraile descalzo el arzobispo [Santo Toribio] y el virrey y sus prelados y le preguntaron si le había revelado Dios si había de vivir aquesta ciudad aquella noche; el cual respondió que no había tenido revelación ninguna y que él no había dicho que se había de hundir, sino que temiesen no les viniese el castigo semejante al de Arequipa, y que según eran grandes los pecados de la ciudad, que le podían esperar aquella noche antes que mañana; y que esto había dicho porque se enmendasen y no porque hubiese tenido revelación de ello» (A través 98-99)...
Coro, plaza y teatro
En la comunidad de Lima, como ya conocían el estilo del padre Solano, pensaron que lo mejor era dejarle a su aire. Como padre espiritual de los enfermos, se hizo muy amigo del enfermero fray Juan Gómez y del refitolero, un muchachito negro, el donado fray Antonio. En la enfermería se le podía encontrar, o también en el coro, donde pasaba sus horas fuera del tiempo humano, perdido en los caminos inefables del amor de Dios.
Pero también salía del convento a visitar la cárcel y los hospitales, a conversar con la gente de la calle, y no precisamente de las variaciones del clima. Sacaba el crucifijo de la mano, y les decía: «Hermanos, encomendáos a nuestro Señor, y queredle mucho. Mirad que pasó pasión y muerte por vosotros; que éste que aquí traigo es el verdadero Dios». Su parresía apostólica, su libertad y atrevimiento para transmitir el mensaje evangélico, era absoluta.
En el corral de las comedias, lugar mal visto y medio censurado, él entraba tranquilamente, irrumpía en el tablado y, con el crucifijo en la mano, decía algo de lo que tenía con abundancia en el corazón: «Buenas nuevas, cristianos... Este es el verdadero Dios. Esta es la verdadera comedia. Todos le amad y quered mucho». Y si algún farandulero se quejaba, «Padre, aquí no hacemos cosas malas, sino lícitas y permitidas», él le contestaba: «¿Negaréisme, hermano, que no es mejor lo que yo hago que lo que vosotros hacéis?»...
Una muerte santa
A los sesenta años, en 1610, fray Francisco está hecho una ruina, según el médico que le examina: Está «con una flaqueza por esencia en los pulsos y en todo el ámbito del cuerpo, que con los muchos ayunos, mala cama y abstinencia grande que tenía, aun en salud estaba hecho un esqueleto, cuanto más en la enfermedad». Y hasta entonces sigue haciendo de las suyas, cuando ya está para irse: «Hermano fray Juan, por amor de Dios, que vaya y me ase una higadilla de gallina». Poder encontrarla fue, según fray Juan, «otro milagro más» del Santo, pues los frailes no disponían de tan finos manjares.
Poco antes de morir escribió a Montilla, a su hermana Inés: «La gracia del Espíritu Santo sea siempre en su alma, hermana mía. No tengo otra plata ni oro que enviarle sino palabras, y no mías, sino de Jesucristo, que por eso me atrevo a escribirlas. Dice el dulcísimo Jesús por San Mateo: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia"; en este lugar es amar a Dios según lo declaran algunos doctores y santos, pues bienaventurada el alma que en esta vida padece hambre y desea hartarse en el Señor, encendiéndose en su amor. Si vuestra merced, hermana mía, quiere ser dichosa y bienaventurada en esta vida y en la otra, tenga hambre y sed de servir a Dios, de amarle, poseerle y gozarle; quiera y ame a tan buen Dios de todo corazón, de toda su alma y con todas sus fuerzas.
«Ofrézcale su corazón limpio de todo pecado, lleno de contrición y dolor de haberle ofendido, que El lo recibirá en sacrificio, como lo hizo el real profeta David: "No despreciéis Vos, Dios mío, el corazón contrito", y ofrézcale en sacrificio todos los trabajos, pobrezas y necesidades que padece, con hambre y sed de gozar de aquellas riquezas, delicias y regalos del Cielo, que es el centro de nuestro descanso... A todos mis sobrinos dará mis recomendaciones, encargándoles de mi parte sirvan a Dios y no le ofendan».
El 12 de julio, acompañado por sus hermanos, recibió el viático, renovó los votos, y quedó en oración o en sueño, hasta decir: «María. ¿Dónde está Nuestra Señora?». Quizá eso fuera lo primero que dijera al llegar al cielo.
Aún recuperó el ánimo y la atención más tarde. El padre Francisco de Mendoza, que le atendió todo el tiempo, cuenta que «con particularísima atención y devoción» siguió el rezo de todas las Horas canónicas y otras oraciones, en lo que se fueron «casi seis horas, llevándolas el padre Solano con la suavidad y gusto referidos. Cuando decían Gloria Patri, levantaba los ojos a Dios, y decía su ordinaria palabra "Glorificado sea Dios", con grandísima suavidad, saboreándose en las palabras. Con ellas en la boca murió empezando a decir "Glorificado sea...", de manera que empezándolas a decir parecía que quería alabar; y así como dijo "Dios", se quedó muerto... Entonces perseveraban más en su canto los pájaros, que parecían estarse deshaciendo, y con sus voces atravesaban el corazón a quien lo oía».
El Arzobispo y el Virrey, con media Ciudad de los Reyes, asistieron el 15 de julio a los funerales. Antes de finalizar el mes ya se abrió en el Arzobispado el proceso para su canonización. Los testimonios de su santidad y de sus milagros eran innumerables. Diez resurrecciones llegaron a atestiguarse, tres en vida del Santo y siete después de su muerte. Fue declarado beato en 1675, y canonizado como santo en 1726. Sus restos reposan en San Francisco de Lima.
4. San Martín de Porres, humilde mulato peruano
Martín niño
En el año 1962 fue canonizado en Roma, con gran alegría del mundo cristiano, fray Martín de Porres, peruano mulato y dominico. En ese mismo año Jesús Sánchez Díaz y José María Sánchez-Silva publicaron las biografías suyas, que aquí seguimos.
Don Juan Porres, hidalgo burgalés, caballero de la Orden Militar de Alcántara, estando en Panamá, se enamoró de una joven negra y convivió con ella. Cuando se trasladó al Perú, buscando en la cabeza del virreinato obtener alguna gobernación, se la llevó consigo, y allí, en Lima, nació su hijo Martín, de tez morena y rasgos africanos. No quiso reconocerlo como hijo, y en la partida de bautismo de la iglesia de San Sebastián se lee: «Miércoles 9 de diciembre de 1579 bapticé a Martin hijo de padre no conocido y de ana velazquez, horra [negra libre] fueron padrinos jn. de huesca y ana de escarcena y firmélo. Antonio Polanco». Dos años después nació un niña, Juana, ésta con rasgos de raza blanca.
Ana Velázquez fue una buena madre y dio cuidadosa educación cristiana a sus dos hijos, que no asistían a ningún centro docente, aunque en Lima había muchos. Con ellos vivía sola, y el padre, que estaba destinado en Guayaquil, de vez en cuando les visitaba, proveía el sustento de la familia y se interesaba por los niños.
Viendo la situación precaria en que iban creciendo, sin padre ni maestros, decidió reconocerlos como hijos suyos ante la ley, y se los llevó consigo a Guayaquil, donde se ocupó de ellos como padre, dándoles maestros que les instruyeran. Un día, teniendo ocho años Martín y seis Juanita, iban de paseo con su padre, y se encontraron con su tío abuelo don Diego de Miranda, que preguntó quiénes eran aquellos niños. Don Juan contestó: «Son hijos míos y de Ana Velázquez. Los mantengo y cuido de su educación».
Don Juan, a los cuatro años de tener consigo a sus hijos en Guayaquil, fue nombrado gobernador de Panamá. Dejó entonces sus hijos con su madre en Lima, les dio una ayuda económica suficiente, y confió a los tres al cuidado de don Diego de Miranda.
Martín muchacho
Confirmado Martín por el santo arzobispo don Toribio de Mogrovejo, se mostró muy bueno desde chico. Al cumplir los recados que le encargaba su madre, volvía a veces con la compra hecha a medias o sin hacer: había tenido lástima de algún pobre. Mateo Pastor y su esposa Francisca Vélez, unos vecinos, querían mucho al chico, y le trataban como a hijo, viendo que su madre estaba sin marido.
Este matrimonio fue siempre para él como una segunda familia. Mateo tenía una farmacia, con especias y hierbas medicinales, y allí solía acudir, a la tertulia, Marcelo Ribera, maestro barbero y cirujano, médico y practicante. Este se fijó en seguida en las buenas disposiciones de Martín, hizo de él su ayudante, y pronto el aprendiz supo tanto o más que su maestro. Tenía dotes naturales muy notables para curar y sanar. Con ese oficio hubiera podido ganarse muy bien la vida.
Pero la inclinación interna de Martín apuntaba más alto. Muy de madrugada, se iba a la iglesia de San Lázaro, donde ayudaba a misa. Después de trabajar todo el día en la clínica-barbería de Ribera, por la noche, a la luz de unos cabos de vela, estaba largas horas dedicado a la lectura, preferentemente religiosa, y a la oración ante la imagen de Cristo crucificado. Como ya sabemos, había en Lima entonces dominicos, franciscanos, agustinos, mercedarios y jesuitas, pero a él le atraían especialmente los primeros. Y a los 16 años de edad decidió buscar la perfección evangélica bajo la regla de Santo Domingo.
Martín dominico
El convento dominico de Nuestra Señora del Rosario, edificado en Lima sobre un solar donado por Francisco Pizarro y ampliado por el Consejo municipal en 1540, era un edificio inmenso, en el que había múltiples dependencias -iglesia, capillas, portería, talleres, escuela, enfermería, corrales, depósitos y amplia huerta-, y en donde vivían con rigurosa observancia unos doscientos religiosos, y un buen número de donados y también esclavos o criados.
Entre los dominicos de entonces había tres clases: los padres sacerdotes, dedicados al culto y a la predicación, los hermanos legos, que hacían trabajos auxiliares muy diversos, y donados, también llamados oblatos, que eran miembros de la Orden Tercera dominicana, recibían alojamiento y se ocupaban en muchos trabajos como criados. Padres y hermanos llevaban el hábito completo, y en aquella provincia era costumbre llevar dos rosarios, uno al cuello y otro al cinto. Los donados llevaban túnica blanca y sobrehábito negro, pero no llevaban escapulario ni capucho.
Cuando Martín, un muchacho mulato de 16 años, en 1595, solicitó ser recibido como donado en el convento del Rosario, el prior, fray Francisco de Vega y el provincial, fray Juan de Lorenzana, que ya debían conocerle, le admitieron sin ninguna dificultad. No tardó en enterarse don Juan Porres de que su hijo había dado este paso, y aunque aprobaba que se hiciera religioso, hizo cuanto pudo para que fuera hermano lego, y no se quedara como donado, ya que esto era como hacerse un criado para siempre. Pero Martín se resistió decididamente: «Mi deseo es imitar lo más posible a Nuestro Señor, que se hizo siervo por nosotros». Tomó, pues, el hábito dominico de donado, y al día siguiente recibió ya su primer ministerio conventual: barrer la casa.
Un fraile humilde
Conocemos muchas anécdotas de la vida de fray Martín, recogidas como testimonios jurados en los Procesos diocesano (1660-1664) y apostólico (1679-1686), abiertos para promover su beatificación. Buena parte de estos testimonios proceden de los mismos religiosos dominicos que convivieron con él, pero también los hay de otras muchas personas, pues fray Martín trató con gentes de todas clases.
Pues bien, de las informaciones recibidas destaca sobremanera la humildad de San Martín. Acerca de ella tenemos datos impresionantes.
Fray Francisco Velasco testificó que, siendo él novicio, acudió a la barbería del convento, y como fray Martín no le hiciera el arreglo como él quería, se enojó mucho y le llamó «perro mulato». Respuesta: «Sí, es verdad que soy un perro mulato. Merezco que me lo recuerde y mucho más merezco por mis maldades». Y dicho esto, le obsequió luego con aguacates y un melocotón.
En otra ocasión, no habiendo podido acudir inmediatamente a atender a un fraile enfermo que reclamaba sus servicios, éste le dijo cuando por fin llegó: «¿Esta es su caridad, hipocritón embustero? Yo pudiera ya haberlo conocido». A lo que fray Martín le respondió: «Ése es el daño, padre mío; que no me conozco yo después de tantos años ha que trabajo en eso y quiere vuestra paternidad conocerme en cuatro días que ha que me sufre. Como esas maldades e imperfecciones irá descubriendo en mí cada día, porque soy el peor del mundo».
Otra vez estaba fray Martín limpiando las letrinas, y un fraile le dijo medio en broma si no estaría mejor en el arzobispado de México, a donde quería llevarlo el Arzobispo electo. El respondió: «Estimo más un momento de los que empleo en este ejercicio que muchos días en el palacio arzobispal».
Pero una de las muestras más conmovedoras de su humildad fue la siguiente. En el convento del Rosario se produjo un día un grave aprieto económico, y el prior tuvo que salir con algunos objetos preciosos para tratar de conseguir algún préstamo. Enterado fray Martín, corrió a alcanzarle para evitarlo. El sabía que los negros vendidos como esclavos eran bien pagados, hasta unos mil pesos. Y recordaba que Santo Domingo se ofreció como esclavo a los moros para sustituir al hermano de una pobre viuda. Mejor, pues, que desprenderse de objetos preciosos del convento, era otra solución: «Padre, yo pertenezco al convento. Disponga de mí y véndame como esclavo, que algo querrán pagar por este perro mulato y yo quedaré muy contento de haber podido servir para algo a mis hermanos». Al prior se le saltaron las lágrimas: «Dios se lo pague, hermano Martín, pero el mismo Señor que lo ha traído aquí se encargará de remediarlo todo».
Orante y penitente
La oración y el trabajo fueron las coordenadas en las que siempre se enmarcó la vida de San Martín. En aquel inmenso ámbito conventual, en claustros y capillas, en escaleras y celdas, en talleres y enfermería, siempre estaban a la vista las imágenes del Crucificado, de la Virgen y de los santos. En aquella silenciosa colmena espiritual dominicana el estudio y el trabajo se desarrollaban en una oración continua.
Fray Martín se veía especialmente atraído por la capilla de la Virgen del Rosario, y allí se recogía por la noche y en el tiempo de silencio por la tarde. Al paso de los días, la celebración de la eucaristía, que solía ayudar en la capilla del Santo Cristo, el Rosario, la celebración en el coro de las Horas litúrgicas y del Oficio Parvo, eran para nuestro santo fraile tiempos de gracia y de gloria.
Junto al Crucifijo y la Virgen María, su devoción predilecta era la eucaristía. Le fue dado permiso, cosa rara entonces, de comulgar todos los jueves, y para no llamar la atención, esos días recibía la comunión fuera de la misa. En el coro había hallado un rincón donde podía ver la eucaristía, escondido de todos, en adoración silenciosa, durante horas del día y de la noche. Su amigo don Francisco de la Torre, oficial de la guardia, que le estaba buscando, le encontró allí una vez en oración extasiada, de rodillas, alzado a unos palmos del suelo. Según muchos testigos, fray Martín tuvo numerosos éxtasis y arrobamientos en la oración, y con frecuencia fue visto, estando en oración, levantado del suelo, envuelto en luz y abrazando al Crucificado.
Su devoción a Cristo crucificado fue inmensa. En el convento de Santo Domingo hay un tríptico en el que el pintor representó a Cristo llevando la cruz y a San Martín de rodillas. De la boca de Jesús salen estas palabras: «Martín, ayúdame a llevar la Cruz», y de la de Martín: «¡Dios mío, Redentor, a mí tanto favor!». Llevaba normalmente cilicio y se ceñía con una gruesa cadena. Ayunaba casi todo el año, pues la mayor parte del tiempo se limitaba a pan y agua, y en cuarenta y cinco años de vida religiosa nunca comió carne. El domingo de Resurrección, «como gran regalo, comía algunas raíces de las llamadas camotes, el pan de los negros. El segundo día de Pascua tomaba un guisado y algo de berzas, sin nada de carne».
No tenía celda propia, sino una de la enfermería, en la que su catre era de palos con una estera o piel de borrego y un trozo de madera como cabezal. Dormía muy poco tiempo, y las más de las veces pasaba la noche en un banco del Capítulo, junto a la cama de algún enfermo, tendido en el ataúd en el que depositaban a los religiosos hasta el momento de su entierro, o en el coro, donde sus hermanos le encontraban al alba cuando venían a rezar las Horas.
Otras penitencias suyas fueron tan terribles que apenas pueden ser descritas sin herir la sensibilidad de los cristianos de hoy. Él siempre quiso mantener sus mortificaciones en el secreto de Dios, y cuando era preguntado acerca de ellas, sufría mucho y salía por donde podía. De todos modos, sabemos bastante de sus disciplinas por información de Juan Vázquez, un chicuelo que llegó de España con catorce años -como tantos otros, que iban a las Indias como grumetes o polizones, y que allí desembarcaban sin oficio ni beneficio-, y que él recogió por compasión como ayudante.
Por testimonio de este Juancho, que vivía con él como ayudante y recadero, sabemos que San Martín se disciplinaba con una triple cadena después del Ángelus de la tarde, uniéndose así a Cristo, azotado en la columna del pretorio. A las doce y cuarto de la noche se azotaba con un cordel de nudos, ofreciéndolo por la conversión de los pecadores. La tercera disciplina era en un sótano, poco antes del alba, y la ofrecía por las almas del Purgatorio. Para esta disciplina pedía a veces el concurso de Juan o de algún indio o negro de sus beneficiados. Y cuando alguna vez el chico Vázquez le ayudaba a curar las heridas causadas por tan duras disciplinas, fray Martín le consolaba asegurándole que esto era muy bueno para la salud.
Vencedor del Demonio
Viendo el Demonio que para perder a Martín ya no podía contar para nada con la complicidad de la carne, y menos aún con la del mundo, tuvo que asediarle él mismo en varias ocasiones. Es cosa que vemos en la vida de todos los santos. En una ocasión en que fray Martín iba por una escalera solitaria, normalmente sin uso, llevando entre las manos un brasero encendido, se le atravesó en el camino el Enemigo mirándole con odio. El santo fraile le insultó y le mandó al infierno. Al no obtener resultados positivos con esto, se quitó el cinto y la emprendió contra él a correazos, cosa que al parecer fue bastante eficaz. Allí mismo trazó Martín en la pared una cruz con un carbón del brasero, y de rodillas dio gracias a Cristo por la victoria.
Otra vez don Francisco de la Torre, el guardia amigo que compartió dos meses la celda de fray Martín, durmiendo en una alcoba próxima, vio una noche con espanto como el Santo, mientras anatematizaba a los invisibles demonios, era sacudido y volteado por éstos en todas direcciones, al tiempo que se producía un incendio. Después se hizo la paz y el silencio. Cuando a las tres de la noche, según costumbre, se levantó fray Martín para tocar el Ángelus, su amigo Francisco se levantó para ver a la luz de una vela los destrozos causados en la habitación, pero lo halló todo en orden y sin ninguna señal de quemaduras.
Hermano dominico, pobre y obediente
Cuando ya llevaba fray Martín nueve años en el convento, viendo los superiores su gran virtud, quisieron que profesara los tres votos, para admitirlo así plenamente en la Orden. El nunca lo había pedido, pero se vio feliz de poder hacer la profesión.
«El 2 de junio de 1603 -dice el acta- hizo donación de sí a este convento para todos los días de su vida el hermano Martín de Porras, mulato, hijo de Juan de Porras, natural de Burgos, y de Ana Velázquez, negra libre; nació en esta ciudad y prometió este día obediencia para toda su vida a los priores y prelados de este convento en manos del P. Fray Alonso de Sea, superior de él, y juntamente hizo votos de castidad y pobreza, porque así fue su voluntad, siendo prior de este convento el R. P. Presentado Fray Agustín de Vega»... Y allí está su firma: «Hermano Martín de Porras», que éste era, según se ve, su apellido real.
Martín vivió a fondo la pobreza profesada. Nunca usó ropa o zapatos nuevos. Siempre sus prendas eran usadas, y con él se estaban, continuamente remendadas, hasta que se caían a pedazos, o hasta que dejaban ver la ropa interior de saco y el cilicio de crin de caballo. Una vez su hermana Juana le llevó con todo cariño un hábito nuevo, pero no consiguió que se lo quedara: «Hermana, en la religión no desdicen pañetes pobres y remendados sino costumbres asquerosas y sucias. Si tuviera dos túnicas poco sintiera la necesidad del pobre religioso, que advierto que para lavar la túnica me quedo con sólo el hábito, y para lavar éste, cubro mi modestia con la túnica. Así que tengo todo lo que he menester».
Estando muy enfermo con cuartanas, que él solía padecer por el invierno, el provincial fray Luis de Bilbao le mandó por obediencia usar sábanas. El se resistió a ello, pero finalmente accedió por obediencia, como el mismo provincial pudo comprobarlo al día siguiente con el padre Estrada. Efectivamente, estaba acostado entre sábanas. Ya se iban, cuando el padre Estrada le dijo algo al provincial, y al entrar de nuevo en la celda pudieron comprobarlo: y «hallaron que estaba vestido y calzado de la misma suerte que andaba por el convento». Fray Martín, al ver descubierta su trampa, se rió y se justificó como pudo. Después de todo, estaba entre sábanas, como se lo habían mandado.
Tuvo fray Martín una veneración y respeto grandes hacia todas las autoridades, civiles o religiosas, convencido de que estaban representando al Señor. Y obedeció siempre, con suma facilidad.
El lego fray Santiago Acuña testificó que nuestro Santo «cumplió el voto de obediencia con voluntad pronta y alegre». Fray Francisco Velasco confiesa que «el Siervo de Dios no era nada para sí, sino todo para la religión y para quienes le mandaran algo, sin que nada se opusiera en él a esta virtud». No era, sin embargo, su obediencia un automatismo irresponsable, sino que estaba subordinada a la caridad y regida por la prudencia. Lo vemos en varios casos, como por ejemplo en éste. A veces, en circunstancias especiales o de particular apremio, recogía en su propia celda a enfermos o heridos, lo que traía consigo no pequeños problemas, enojos y a veces protestas de sus hermanos. Enterados los superiores, le prohibieron severamente que siguiera haciéndolo.
Al poco de esto, un pobre indio en una pelea cayó apuñalado en la puerta del convento, y fray Martín, ante la urgencia del caso, a pesar de la prohibición, lo llevó a su celda y allí lo curó. Acusado del hecho, el provincial le reprendió con gran aspereza, y el santo fraile trasladó al indio a casa de su hermana Juana, que vivía cerca. Más tarde, apenado Martín del disgusto que le había ocasionado al provincial, una noche le preparó un cocido que sabía era de su gusto, y al llevárselo le dijo: «Desenójese Vuestra Paternidad, y coma esto, que ya sé le sabe tan bien como a mí la corrección que he recibido». El Padre le precisó: «Yo no me enojo con la persona, sino con la culpa. Pídale el hermano perdón a Dios, a quien ha ofendido». Martín, por ser humilde, andaba siempre en la verdad: «Yo, Padre, no he pecado». «¿Cómo no, cuando contravino mi orden?». «Así es, Padre, mas creo que contra la caridad no hay precepto, ni siquiera la obediencia».
Hermano enfermero
Una vez profeso, el hermano Martín fue nombrado enfermero jefe, dada su competencia como barbero, cirujano y entendido en hierbas medicinales. Con ayuda de otros enfermeros, él se llegaba a cada doliente, siempre jovial: «¿Qué han menester los siervos de Dios?». Apenas alguien necesitaba algo, fray Martín se personaba al punto, a cualquier hora del día o de la noche, de modo que los enfermos se quedaban asombrados, no sabiendo ni cuándo ni dónde dormía, ni cómo sacaba tiempo y fuerzas.
Fray Cristóbal de San Juan testificó que «a los religiosos enfermos les servía de rodillas; y estaba de esta suerte asistiéndoles de noche a sus cabeceras ocho y quince días, conforme a las necesidades en que les veía estar, levantándoles, acostándoles y limpiándoles, aunque se tratase de las más asquerosas enfermedades».
Esta caridad suya con los enfermos, continua, heroica y alegre, es el mayor de los milagros que San Martín obraba con ellos, pero al mismo tiempo es preciso recordar que los milagros de sanación por él realizados, ya en vida, fueron innumerables. Fray Martín solía distinguir con una precisión asombrosa, que iba más allá del ojo clínico, si una enfermedad era fingida o real, leve, grave o mortal. Y cuando él había de intervenir, preparaba sus brebajes, emplastos o vendajes, y decía: «yo te curo, Dios te sane». Los resultados eran muchas veces prodigiosos.
Normalmente los remedios por él dispuestos eran los indicados para el caso, pero en otras ocasiones, cuando no disponía de ellos, acudía a medios inverosímiles con iguales resultados. Con unas vendas y vino tibio sana a un niño que se había partido las dos piernas, o aplicando un trozo de suela al brazo de un donado zapatero le cura una grave infección. Estaba claro que Martín curaba con el poder sanante de Jesucristo.
El padre Fernando Aragonés, que fue primero Hermano cooperador, y ayudante de fray Martín en la enfermería, dio testimonio en el Proceso de beatificación de algunos milagros particularmente espectaculares. Contó, por ejemplo, que él se quedó un día con fray Martín amortajando a un religioso, fray Tomás, que acababa de morir. Pero fray Martín, después de rezar a un Crucifijo que había en la pared, llamó por tres veces a fray Tomás por su nombre, hasta que volvió a la vida. «Todo lo cual yo tuve por conocido milagro. Aunque por entonces callé por el ruido que pudiera causar. Dios permitió que lo callase por entonces para decirlo ahora en esta ocasión».
En otra ocasión, el obispo de la Paz, don Feliciano Vega, cuando iba a marchar a México, para cuya sede había sido elegido arzobispo, cayó gravemente enfermo. Los médicos le dijeron que se preparara a bien morir, y él así lo hizo. Entre los familiares que le cuidaban en su alcoba de moribundo estaba fray Cipriano Medina, a quien fray Martín había curado de grave enfermedad cuando estaba ya desahuciado por los médicos. El enfermo pidió entonces que se llamase a fray Martín, pero tardaron en encontrarlo y llegó bastante tarde. El Prelado le reprendió, y el santo Hermano hizo la venia, postrándose, sin levantarse hasta que el obispo dio una palmada.
Había en el cuarto familiares, médicos, damas y domésticos. El Obispo enfermo mandó luego a fray Martín que le diese la mano. Éste, que previó lo que se le iba a pedir, permanecía con las manos bajo el escapulario, y en un principio se resistía. «Traed la mano y ponedla en el sitio donde siento el dolor». El Hermano la puso, cesó en el enfermo todo dolor y quedó sano. Más tarde el Obispo quiso con toda insistencia llevarse a fray Martín consigo a México, y en un principio a éste le agradó la idea, pues desde México era más fácil pasar a las misiones de Filipinas, China o Japón, en las que siempre había soñado. Pero el Provincial no lo quiso permitir.
Apostolados de fray Martín
Nuestro santo fraile apreciaba mucho el estudio teológico, como buen discípulo de Santo Domingo, y solía animar a los estudiantes para que aprovechasen bien en sus estudios. Hay testimonios de que en varias ocasiones los estudiantes le consultaban cuestiones, o sometían a su arbitraje discusiones que traían entre ellos, y fray Martín respondía siempre con una profundidad sencilla y verdadera, aunque se tratase de cuestiones muy abstrusas.
No era, pues, San Martín un fraile exclusivamente dedicado a la oración, a la penitencia y a los trabajos manuales. Atendiendo en la puerta del convento a la comida de los pobres o en otras gestiones y mandados, fray Martín tenía muchas relaciones con indios, negros y mulatos, con emigrantes sin fortuna o antiguos soldados, con mercaderes o carreteros o funcionarios. Y siempre que podía les daba una palabra de luz, de aliento, de buena doctrina. Lo mismo hacía en la enfermería, donde después de haber distribuido las comidas, reunía algunos jóvenes y criados que trabajaban en el convento, para enseñarles las oraciones, recordarles la doctrina cristiana y exhortarles con sencillas pláticas.
Este género de apostolado lo practicaba Martín especialmente cuando estaba en la estancia de Limatambo, una de las haciendas que el marqués Francisco Pizarro había concedido a los frailes, en donación confirmada en 1540. Allí fue enviado en ocasiones para fortalecer su salud quebrantada, con buenos resultados. Entre los negros de la hacienda y la gente de las aldeas vecinas, las catequesis de aquel fraile mestizo de tez oscura, que les visitaba en sus chozas, que les ayudaba en sus trabajos de campo, que sanaba a sus enfermos y que les hablaba con tanta sencillez y bondad, lograban un gran fruto espiritual.
Por otra parte, eran muchos los que acudían a él para pedirle oraciones o consejo, lo mismo frailes o seglares que oficiales de la guardia o licenciados, encomenderos o esclavos, y también el gobernador o el virrey. El padre Barbazán testifica que «acudían a él, como a oráculo del Cielo, los prelados, por la prudencia; los doctos, por la doctrina; los espirituales, por la oración; los afligidos, para el desahogo. Y era medicina general para todos los achaques».
El hermano dominico San Juan Macías (1585-1645)
San Martín procuraba consagrar íntegramente a Dios los días de fiesta, en cuanto le era posible. Y esos días solía ir al convento dominico de la Magdalena, a visitar al Hermano portero, San Juan Macías, seis años más joven que él. Con él compartía oraciones y penitencias.
Nació Juan en Ribera del Fresno, provincia de Badajoz, en 1585. Sus padres, Pedro de Arcas e Inés Sánchez, modestos labradores, eran muy buenos cristianos, y dejaron en él una profunda huella cristiana. Teniendo cuatro años, quedó Juan huérfano, él solo con una hermanita menor. Los parientes que les recogieron pusieron a Juan de pastor. Y con siete años tuvo una visión de San Juan Evangelista, que fue decisiva en su vida.
Él mismo la contó después: «"Juan, estás de enhorabuena". Yo le respondí del mismo modo. Y él: "Yo soy Juan Evangelista, que vengo del cielo y me envía Dios para que te acompañe, porque miró tu humildad. No lo dudes". Y yo le dije: "¿Pues quién es san Juan evangelista?" Y él: "El querido discípulo del Señor. Y vengo a acompañarte de buena gana, porque te tiene escogido para sí. Téngote que llevar a unas tierras muy remotas y lejanas adonde habrás de labrar templos. Y te doy por señal de esto que tu madre, Inés Sánchez, cuando murió, de la cama subió al cielo; y tu padre, Pedro de Arcas, que murió primero que ella, estuvo algún tiempo en el purgatorio, pero ya tiene el premio de sus trabajos en la gloria". Cuando supe de mi amigo san Juan la nueva de mis padres y la buena dicha mía, le respondí: "Hágase en mí la voluntad de Dios, que no quiero sino lo que El quiere"».
Muchas noticias del Nuevo Mundo llegaban a aquellas tierras extremeñas, y con frecuencia pensaba Juan si estaría de Dios que pasara a aquellas lejanas y remotas tierras. Por fin se decidió, y tras una demora de seis años en Jerez y Sevilla, en 1619 embarcó para las Indias, teniendo 34 años. Desde Cartagena, por Bogotá, Pasto y Quito, llegó a Lima, donde trabajó como pastor. Siempre guardó buen recuerdo de su patrón, y algún dinero debió ganar, pues en dos años ahorró lo suficiente para enviar dinero a su hermana, dejar doscientos pesos a los pobres y algo más para el culto de la Virgen del Rosario.
En 1622, Juan Arcas Sánchez recibió el hábito en el convento dominico de la Magdalena, en Lima. Se convirtió así en fray Juan Macías, y toda su vida la pasó como portero del convento. Hombre de mucha oración, al estilo de San Martín, también él fue visto en varias ocasiones orando al Señor elevado sobre el suelo. Estando una noche en la iglesia oyó unas voces, procedentes del Purgatorio, que solicitaban que intercediera por ellas con oraciones y sacrificios. A esto se dedicó en adelante, toda su vida.
Con un amor apasionado, su caridad encendida se entregó muy especialmente a ayudar a las almas del Purgatorio y al servicio de los pobres. A éstos los acogía en la portería, y en Lima era conocida la figura del santo portero de la Magdalena, que de rodillas repartía raciones a los pobres, sin que su olla se agotara nunca. Este mismo milagro en 1949 se reprodujo en el Hogar de Nazaret de Olivenza (Badajoz), cuando la cocinera invocó su nombre sobre una pequeña cantidad de arroz.
Fray Juan Macías acompañaba su oración con durísimas penitencias. Solía dormir arrodillado ante una Virgen de Belén que tenía en la cabecera de su cama, apoyando la cabeza entre los brazos. Y una vez confesó él mismo: «Jamás le tuve amistad al cuerpo, tratélo como al enemigo; dábale muchas y ásperas disciplinas con cordeles y cadenas de hierro. Ahora me pesa y le demando perdón, que al fin me ha ayudado a ganar el reino de los cielos».
También fray Juan, como su amigo fray Martín, se veía alegrado por las criaturas de Dios. Según él mismo refirió, «muchas veces orando a deshoras de la noche llegaban los pajarillos a cantar. Y yo apostaba con ellos a quién alababa más al Señor. Ellos cantaban, y yo replicaba con ellos».
A los sesenta años de edad, en 1645, seis años después de la muerte de San Martín, murió San Juan Macías, habiendo revelado antes de morir, por pura obediencia, los favores y gracias que había recibido del Señor. Fue beatificado, tras innumerables milagros, en 1837, y canonizado por Pablo VI en 1975.
Fray Martín y los pobres
En Lima, como sabemos, había un buen número de hospitales: el de San Andrés para españoles, el del Espíritu Santo para marinos, el de San Pedro para sacerdotes, el de San Bartolomé para negros libres, el de San Lázaro para leprosos, el de la Inocencia para niños expósitos, el de San Cosme y San Damián para españolas, el de Santa Ana y Nuestra Señora del Carmen para indios.
A estos hospitales fray Martín de Porres añadió otro, en el podían ser recibidas personas de todas las antes señaladas. Le ayudó mucho en este empeño un Hermano dominico extremeño, antiguo soldado en México, que era un gigantón, fray Martín Barragán. Pero la mayor ayuda fue la de su hermana doña Juana de Porres. Casada en Guayaquil con un español, el matrimonio se trasladó después a Lima, donde les nació una hija. En la misma ciudad tenían una gran casa, y poseían también en las afueras una estancia.
Animada Juana por su santo hermano, cedió una parte de su casa limeña para acoger enfermos. Muchos amigos le ayudaron a San Martín con sus limosnas, para que pudiera sacar adelante su hospital-hospicio, entre ellos el virrey Conde de Chinchón, que en propia mano le entregaba cada mes no menos de cien pesos. También a instancias de San Martín, don Mateo Pastor, su antiguo vecino y protector, fundó un hospital para niños de ambos sexos.
La agitada y alegre Ciudad de los Reyes hacía y deshacía muchas fortunas, y en aquel pequeño mundo abigarrado y revuelto se daba con bastante frecuencia la especie de los pobres vergonzantes, viudas y huérfanos de españoles, descendientes de encomenderos que ya no tenían encomienda, hijos arruinados de antiguos conquistadores, mercaderes peninsulares en quiebra, clérigos pobres, emigrantes sin fortuna. A todos éstos, que antes hubieran muerto que pedir, por aquel sentido del honor de la época, era preciso ayudarles en secreto. Para ello fray Martín elaboró una lista con la ayuda de su fiel ayudante Juan Vázquez.
Y como para aquellos pobres tan dignos sería un deshonor verse socorridos por un pobre fraile mulato, Juan Vázquez era el encargado de hacer las visitas correspondientes, según él mismo lo cuenta: «Ocupóme [fray Martín] en primera instancia en dar a ciento sesenta pobres cuatrocientos pesos, que se repartían entre ellos de limosnas, los cuales buscaba Fray Martín, los martes y miércoles, porque el jueves y viernes lo que buscaba era para clérigos pobres; porque las limosnas que juntaba el sábado se aplicaban a las ánimas».
También a los presos se acercó San Martín con su jovial presencia, con sus ayudas y buenos consejos. A todos, pues, llegaba la caridad de San Martín -y éste sí que es un milagro cierto-, dando así muestra clara de lo que sucede cuando un cristiano, muriendo por completo a sí mismo, por la gracia se deja mover por el amor de Cristo a los hombres.
Bilocación y sutileza
Cuando se leen los numerosos testimonios sobre la vida y milagros de San Martín de Porres, son tantas las obras, trabajos y milagros que de él se cuentan, que a veces es como para dudar de si están hablando de una sola persona o de varias. ¿Cómo pudo hacer tantas cosas, acudiendo a tan innumerables personas y trabajos? ¿De dónde sacaba tiempo para dedicar tantas horas a la oración y a la penitencia? ¿Cómo podía llegar a tantos sitios y multiplicar su presencia de tal modo?
Efectivamente, la caridad le llevaba en ocasiones a San Martín a multiplicar su presencia, es decir, a estar en dos sitios a la vez. Fray Bernardo Medina cuenta que un comerciante amigo, estando gravemente enfermo en México, se acordó de fray Martín, queriendo tenerlo consigo en su última hora. Al poco tiempo se presentaba éste en su habitación: «¿Qué es esto? -le dijo fray Martín, amenazándole con el índice- ¿Queríase morir? ¡Oh, flojo, flojo!». Extrañado el comerciante, le preguntó de dónde venía. «Del convento». Al día siguiente el comerciante, completamente sano, anduvo buscando por los conventos de la ciudad a fray Martín, para darle las gracias, pero no le halló. Vuelto a Lima, los dominicos le informaron que el Hermano no había salido de la ciudad, con excepción de una corta visita a Limatambo. Y cuando halló a fray Martín, éste le dijo, abriendo sus brazos: «¿Queríase morir? ¡Oh, flojo, flojo!». Algo semejante, conocido con fechas y circunstancias, sucedió en Portobelo, y también hay noticias de que fray Martín estuvo en Japón, en China y en Berbería.
Se cuenta de numerosos casos en que enfermos y necesitados, deseando la presencia de San Martín, recibían su visita al punto, sin que nadie le abriera la puerta. Y en algún caso se conoce el hecho con gran exactitud. En una epidemia de sarampión, sesenta frailes del convento, la mayoría novicios, contrajeron la enfermedad, y fray Martín se multiplicaba atendiendo a unos y a otros, de día y de noche, entrando y saliendo «con las puertas cerradas y echados los cerrojos o cercos».
Una noche, estando el Noviciado ya cerrado, uno de los religiosos jóvenes llamaba afiebrado a fray Martín, y éste se presentó a servirle, sin que el otro supiera cómo había podido entrar. «Callad -le dijo el Hermano-. No os metáis en eso», y le atendió con su acostumbrada destreza. Fray Andrés de Lisón, el maestro de novicios, que le vio en ello, sin ser visto, salió con cautela, y se quedó en el claustro, sabiendo que el Noviciado estaba cerrado con las llaves que él guardaba. Esperó un rato, para ver por dónde salía fray Martín, hasta que se cansó de esperar, y entró en la celda del novicio. Pero ya el enfermero se había ido, y estaría haciendo algo bueno en otro sitio.
De los relatos que se guardan de sus milagros, que son muchísimos, parece deducirse que San Martín se daba cuenta de que los hacía, es decir, de que el Señor los hacía por él. Pero da también la impresión de que no les daba mayor importancia. A veces, incluso, al imponer silencio acerca de ellos, solía hacerlo con joviales bromas, llenas de donaire y humildad. En la vida de San Martín de Porres los milagros parecen obras naturales.
Fray Martín y los animales
El amor de Martín llegaba también a los animales, a quienes trataba con amigable bondad, y al mismo tiempo con el señorío que corresponde al hombre, por ser la imagen de Dios en este mundo. Son muchas las anécdotas contadas por testigos presenciales. El padre Aragonés iba con fray Martín cuando encontraron un pobre gato sangrando, descalabrado por alguno. «Véngase conmigo y le curaré -le dijo Martín-, que está muy malo». Le hizo una cura en la cabeza y quedó el gatucho como si en la cabeza llevara un gorrito de dormir. «Váyase y vuelva por la mañana, y le curaré otra vez». Y el gato vino puntualmente, y se quedó aguardando en la puerta de la celda, hasta que vino fray Martín y le curó.
Trajeron en una ocasión al convento cuatro becerros bravos para lidiarlos en el patio del estudiantado, y entre tanto quedaron encerrados en un lugar sin que les dieran de comer. A fray Martín le dio pena verlos con hambre y sed, y por la noche les bajó unas brazadas de hierba y unos cubos de agua. El padre Diego de la Fuente, desde una ventana, vió con asombro cómo Martín daba de comer tranquilamente a los animales, y apartaba al más bravo, cogiéndole de un cuerno, pues molestaba a sus compañeros, al tiempo que le decía que se portase bien y no fuese abusador, que había comida para todos.
Fray Bernardo Medina cuenta otro suceso no menos sorprendente y gracioso. Los ratones roían a veces la ropa que estaba guardada en la enfermería, y un día que atraparon a uno estaban ya para matarlo. San Martín no lo permitió, sino que lo tomó en la palma de su mano izquierda y le amonestó muy seriamente: «Vaya, hermano, y diga a sus compañeros que no sean molestos ni nocivos, que se retiren todos a la huerta, que yo les llevaré allá el sustento de cada día». Y así fue. Los ratones ya no merodearon la ropería de la enfermería, y cada día podían ver los religiosos cómo acudían a recibir la comida que a la huerta les llevaba fray Martín.
La muerte de un santo
En 1639 sucedió algo nunca visto: fray Martín estrenó un hábito nuevo, planchado y limpio, de cordellate, más áspero que cualquier otro de los que antes tuvo. Fray Juan de Barbazán le felicitó con solemnidad irónica: «Enhorabuena, fray Martín». Y éste le contestó: «Padre mío, con este mismo hábito me han de enterrar».
A mediados de octubre, San Martín, con sus sesenta años muy trabajados y mortificados, se puso enfermo con grandes fiebres y dolores. Nunca se quejó ni pidió alivios. Se confesó varias veces, comulgó con suma devoción y recibió la unción de los enfermos. El 3 de noviembre, según atestigua el padre Fernando de Valdés, «estando ya parar morir, ordenaron los Prelados y médicos que le quitasen una túnica de jerga basta, de que suelen hacerse las albardas. Y fue tan grandísimo el sentimiento que tuvo por ello, tanto por la ocasión que se le quitaba de mortificarse, como por la ocasión de vanagloria que de ahí se podía seguir al ser vista, que hizo todo lo que pudo para impedirlo. Y los circunstantes, así religiosos como seglares, cedieron de buen grado a sus ruegos al ver la repugnancia del Siervo de Dios a que se la quitasen».
Algún rato se le vio angustiado, como tentado por el Demonio, que le turbaba, y un religioso le dijo que no entrara en discusión con él. «No tenga cuidado -le dijo fray Martín-. El demonio no empleará sus sofismas con quien no es maestro en Teología: es demasiado soberbio para emplearse así con un pobre mulato». Por la tarde acudió el virrey, el Conde de Chinchón, pero el Santo, extático, tenía la mirada fija en la mesa donde había estado hace poco el Santísimo. Cuando volvió en sí, el virrey se arrodilló junto al lecho y besó la mano del moribundo: «Fray Martín, cuando esté en la Gloria, no se olvide de mí, para que el Señor me ayude y me dé luz a fin de que pueda gobernar estos reinos con justicia y amor, con objeto de que algún día también me reciba a mí en el Cielo». Se fue el virrey, y fray Gaspar de Saldaña le reprochó en broma al enfermo: «Fray Martín ¿cómo ha hecho esperar al virrey?». El contestó: «Padre, entonces tenía otras visitas de más importancia». «¿Quiénes eran?». «La Virgen Santísima, Santo Domingo, San José, Santa Catalina virgen y mártir y San Vicente Ferrer».
En tan santa compañía murió el 3 de noviembre de 1639.
El milagro de su perfecta santidad
Los prodigios y milagros, tan numerosos en la vida de San Martín y tan llenos de gracia divina y humana, no deben hacernos olvidar el milagro más importante de su santidad personal. Sobre ella traemos ahora varios testimonios que la sintetizan:
Fray Laureano de Sanctis: «Fue muy observante en el cumplimiento de los tres votos esenciales y de las constituciones de la Orden, de tal manera que nunca se le vio faltar».
Fray Fernando Aragonés: «Como tenía a Dios tan vivamente en su alma, nada le era dificultoso. Y se echaba de ver en su mucha virtud, santidad y paciencia, sufrimiento, humildad y ardientísima caridad, en que fue extremado, de la cual parece imposible tratar, porque no tiene bastante encarecimiento ni ponderación ni palabras la elocuencia humana. Perfeccionóse mucho en todas las virtudes los años que pasó en religión, que fueron muchos [cuarenta y cinco], viviendo siempre con una sed insaciable de obrar mucho en el servicio de Dios. Y así, todos los frailes, indios y negros, chicos y grandes, todos le tenían por padre, por alivio y consuelo en sus trabajos».
Fray Juan de Aguinao, arzobispo del Nuevo Reino de Granada: «En lo adverso de esta vida mortal, siempre vi al venerable Fray Martín de Porres con un mismo semblante, sin que lo próspero le levantase ni lo adverso le deprimiese o contristase; siempre se mostraba pacientísimo, conformándose con la voluntad de Dios, que era su norte y guía».
Esta santidad perfecta es el milagro de San Martín de Porres. Beatificado en 1836 y canonizado en 1962, sus restos son venerados bajo el altar mayor de Santo Domingo, en Lima, junto a los de San Juan Macías, y Santa Rosa, terciaria dominica.
Santa Rosa de Lima, terciaria dominica (1586-1617)
El suboficial de arcabuceros Gaspar Flores, español cacereño, desposó a María Oliva en 1577. La tercera de nueve hijos, nacida ya en Lima, en 1586, fue bautizada como Isabel, aunque por el aspecto de su rostro fue siempre llamada Rosa. Fue confirmada por Santo Toribio de Mogrovejo en Quives, a unos 70 kilómetros de Lima, donde su padre era administrador de una mina de plata. Y ya desde muy chica dio indicios claros de su futura santidad.
En el Breviario antiguo se decía de ella: «Su austeridad de vida fue singular. Tomado el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo [en 1610], se propuso seguir en su arduo camino a Santa Catalina de Siena. Terriblemente atormentada durante quince años por la aridez y desolación espiritual, sobrellevó con fortaleza aquellas agonías más amargas que la misma muerte. Gozó de admirable familiaridad con frecuentes apariciones de su ángel custodio, de Santa Catalina de Siena y de la Virgen, Madre de Dios, y mereció escuchar de los labios de Cristo estas palabras: «Rosa de mi corazón, sé mi esposa». Famosa por sus milagros antes y después de su muerte, el papa Clemente X la colocó en el catálogo de las santas vírgenes».
Aún se conserva su casa en Lima, la habitación en que nació, hoy convertida en oratorio, la minúscula celda, construida con sus manos, en la que vivió una vida eremítica, como terciaria dominica consagrada al amor de Cristo, y dedicada a la contemplación y a la penitencia. También se conserva junto a la casa la pequeña dependencia en la que ella recogía y atendía a enfermas reducidas a pobreza extrema. Su solicitud caritativa prestó atención preferente a la evangelización de indios y negros, y no pudiendo realizarla personalmente, contribuía a ella con sus oraciones y sacrificios, así como recogiendo limosnas para que pudieran formarse seminaristas pobres.
Ella se negaba por humildad a aceptar el nombre de Rosa, hasta que la Virgen completó su nombre llamándola Rosa de Santa María. Pero también hubiera podido ser su nombre Rosa del Corazón de Jesús, pues el mismo Cristo la llamó «Rosa de mi corazón». Esta santa virgen dominica, aunque conservó su inocencia bautismal, se afligió con terribles penitencias, ayunos y vigilias, cilicios y disciplinas, como si hubiera sido la mayor pecadora del mundo; y cumpliéndose en ella la palabra de Cristo, «los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8), le fue dada una contemplación altísima.
En efecto, según declaró el padre Villalobos, Rosa «había alcanzado una presencia de Dios tan habitual, que nunca, estando despierta, lo perdía de vista». Y el médico Castillo, íntimo confidente de la santa, aseguró que Rosa se inició en la oración mental a los cinco años, y que a partir de los doce su oración fue ya siempre una contemplación mística unitiva. Tuvo éxtasis que duraban del jueves al sábado.
No recibió de Dios Santa Rosa la misión de predicar a los hombres públicamente, pero su corazón ardió en este buen deseo, como se ve en este escrito suyo al médico Castillo: «Apenas escuché estas palabras [de Cristo, estando en oración], experimenté un fuerte impulso de ir en medio de las plazas, a gritar muy fuerte a toda persona de cualquier edad, sexo o condición: «Escuchad, pueblos, escuchad todos. Por mandato del Señor, con las mismas palabras de su boca, os exhorto: No podemos alcanzar la gracia, si no soportamos la aflicción; es necesario unir trabajos y fatigas para alcanzar la íntima participación en la naturaleza divina, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta felicidad del espíritu».
«El mismo ímpetu me transportaba a predicar la hermosura de la gracia divina; me sentía oprimir por la ansiedad y tenía que llorar y sollozar. Pensaba que mi alma ya no podría contenerse en la cárcel del cuerpo, y más bien, rotas sus ataduras, libre y sola y con mayor agilidad, recorrer el mundo, diciendo: «¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos».
Esta es la Rosa mística, la que a los treinta y un años de edad, en 1617, después de pedir la bendición de sus padres y de signarse con la señal de la cruz, invocó tres veces el nombre de Jesús, y diciendo «Jesús sea conmigo», entregó su espíritu. Beatificada en 1668, fue canonizada en 1671, como Patrona de América, Filipinas y las Indias Occidentales.
Santa Mariana de Jesús (1618-1645)
Y más al norte, en Quito, por ese mismo tiempo, al año siguiente de morir Santa Rosa en Lima, nació la niña Mariana, en 1618. Hija del capitán Jerónimo de Paredes y Flores y de Mariana de Granobles y Jaramillo, que descendía de los primeros conquistadores del país, esta santa ecuatoriana pasaría a la historia con el nombre de la Azucena de Quito. Su vida es muy semejante a la de Santa Rosa.
Huérfana a los cuatro años, vivió en la casa de su hermana mayor y cuñado, que le dieron una educación muy cuidada. Mostró grandes cualidades, en especial para la música, y aprendió a tocar el clave, la guitarra y la vihuela. A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía de Jesús, que fue siempre el centro de su vida espiritual. Ya entonces, con asombrosa precocidad religiosa, tomó el nombre de Mariana de Jesús, y ofreció al Señor su virginidad, añadiendo más tarde los votos de obediencia y pobreza.
Pensó primero, como Santa Teresa de Jesús, irse a tierra de infieles o emprender la vida eremítica, en tanto que su familia sugería la vida religiosa en alguna comunidad. Pero la Providencia desbarató estas ideas, y terminó aislándose en la parte alta de su casa en un departamento de tres habitaciones, del que solamente salía para ir a misa cada día. Allí se dedicó a una vida de oración y penitencia, con una fidelidad absoluta:
«A las cuatro me levantaré, haré disciplina; pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la meditación de la Pasión de Cristo. De cuatro a cinco y media: oración mental. De cinco y media a seis: examinarla; pondréme cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete: me confesaré. De siete a ocho: el tiempo de una misa prepararé el aposento de mi corazón para recibir a mi Dios. Después que le haya recibido daré gracias a mi Padre Eterno, por haberme dado a su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve: sacaré ánima del purgatorio y ganaré indulgencias por ella. De nueve a diez: rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. A las diez: el tiempo de una misa me encomendaré a mis santos devotos; y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré si tuviere necesidad. A las dos: rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco: ejercicios de manos [trabajos manuales] y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de su amor. De cinco a seis: lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve: oración mental y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez: saldré de mi aposento por un jarro de agua y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce: oración mental. De doce a una: lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro: dormiré; los viernes, en mi cruz; las demás noches, en mi escalera; antes de acostarme tomaré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes, los advientos y cuaresmas, desde las diez a las doce, la oración la tendré en cruz. Los viernes, garbanzos en los pies y una corona de cardos me pondré, y seis cilicios de cardos. Ayunaré sin comer toda la semana; los domingos comeré una onza de pan. Y todos los días comenzaré con la gracia de Dios».
«Esta regla de vida, asombrosa por su austeridad y oración, Mariana la guardó desde los doce años», estrechándola aún más en los últimos siete de su vida ( Amigó Jansen, Año cristiano 453). Por consejo de los jesuitas que la atendían, se hizo terciaria franciscana, pues no había en la Compañía orden tercera. Sus abstinencias y ayunos eran prodigiosos, y según un testigo, «se ejercitó cuanto pudo y permitía su condición en obras de caridad espirituales y corporales en beneficio de los prójimos, deseando viviesen todos en el temor y servicio de Dios; y para el efecto diera su vida».
La dio, efectivamente, en 1645, cuando hubo en Quito terremotos y epidemias, y ella, conmovida por los sufrimientos de su pueblo, se ofreció al Señor como víctima. Nada más realizado en la iglesia este ofrecimiento, se sintió gravemente enferma. Apenas pudo llegar a casa por su pie, recibió los sacramentos y expiró. Tenía veintiséis años de edad. El amor y la devoción de los quiteños y ecuatorianos la envolvió para siempre, y en 1946 la Asamblea Constituyente de su nación la nombró «heroína de la Patria». Beatificada en 1853, fue canonizada por Pío XII en 1950.
Lima, Ciudad de Santos
Lima, la Ciudad de los Reyes, un siglo después de su fundación (1535), ya pudo mejor llamarse la Ciudad de los Santos, pues asistió en cuarenta años a la muerte de cinco santos: el arzobispo Mogrevejo (1606), el franciscano Francisco Solano (1610), y los tres santos de la familia dominicana, Rosa (1617), Martín (1639) y Juan Macías (1645).
Estos santos, y tantos otros, como Mariana de Jesús o la dominica sierva de Dios, Ana de los Ángeles Monteagudo (1606-1686), peruana de Arequipa, son quienes, con otros muchos buenos cristianos religiosos o seglares, escribieron el Evangelio en el corazón de la América hispana meridional.